Libros y carteles
"He aprendido a hacer la O sin la María y puños fuera,
los tres telediarios, barras y estrellas, palos de bandera,
ramas, tirachinas y, de pulsera, relojes de madera,
relojes de madera.
Tallo de las hojas, varas verdes,
veo que te me pierdes, veo que te me pierdes.
Afilaré este lápiz, qué feliz un tonto con un lápiz.
He aprendido a hacer de un solo trazo
z, z, z … z, z, z.
He aprendido a hacer por el silencio la h muda.
Es triste pedir, organizados los carteles,
organizados los carteles.
No son pocas letras, verdiblancas son las eles.
He aprendido a hacer la O sin la María y puños fuera,
los tres telediarios y la firma del pintor de cualquier otro gran sudario.
Me van a detener, me van a detener.
He aprendido a hacer de un solo trazo las arterias y los vasos.
Me van a detener, me van a detener.
Ya me lo figuraba, ya me lo figuraba."
Declina agosto, declina el verano. Más tiempo para leer. Tengo cinco libros pidiendo paso, alguno comenzado ya hoy. El primero es Anatomía del miedo del conocido pensador y divulgador José Antonio Marina, quien sirve tanto para un roto como para un descosido en su magno intento de totalizar lo que hace años presentó como teoría de la inteligencia creadora. Estrella de la editorial Anagrama, será el sexto o séptimo libro que le leo, cada vez con menos interés, si bien éste ha arrancado con interés. Destacaré a otro autor español, el gran psicólogo experimental José Luis Pinillos, con sus Principios de psicología, otra gran obra totalizadora seguramente necesitada de actualización (es de 1975: que nadie espere ninguna refutación del campo Ganzfeld en sus páginas) pero interesantísima, que se comienza a leer con devoción. Espero enfoques nuevos en O reino medieval de Galicia de Anselmo López Carreira, publicado en una editorial -A Nosa Terra- con más preferencia por la arena que por la cal. El investigador James Kakalios, de la Universidad de Minnesota, parece haberse revelado como un sensacional divulgador científico en La física y los superhéroes, que promete desentrañar nuestra realidad a golpe de cómic épico: Kakalios combina sus dos pasiones, la investigación y la banda diseñada, para hacer llegar al gran público el tejido de las cosas. Por último, Joseph Stiglitz parafrasea a Freud en su El malestar en la globalización, que no sé si voy a aguantar sin leer esta madrugada …. pero hay tantos. Por lo menos mi tiempo no está tan ahogado como antes.
Encabeza este post un texto que, lo diré ya, es la letra de una de mis canciones preferidas de todos los tiempos. La compuso un señor de San Juan de Aznalfarache, don Antonio Luque, bajo el nombre artístico de Sr. Chinarro, con el título de "Los carteles" para el disco "El ventrílocuo de sí mismo", publicado en 2003 por la imprescindible Acuarela. Me gustaría hablar del vídeo-clip, que se puede admirar en la página web del citado sello, aunque Luque ha dejado la nave nodriza rebotando por Ejército Rojo hasta ahora Mushroom Pillow.
El vídeo empieza de un modo emocionante. No en vano en este 2007 se cumplirá el medio siglo del viaje del primer uránida metálico, la esfera de 83 kilos y pico en órbita llamada Sputnik 1, seguida un mes después del primer ser vivo orbitante, Laika. Unos cosmonautas soviéticos resisten pruebas de aceleración antigravitacional con gesto impávido. Poco después da comienzo un gran estallido, ese Big Bang intuido por Lemaître y que tan bien supo narrar Weinberger, dando paso a la formación de Tierra y a la aparición de vida: unos danzarines negroides. Sin solución de continuidad, el montaje alterna imágenes de científicos európidos absortos en sus estudios o bien lanzados en prototipos volantes ahora ridículos con la grabación de una tribu amerindia no menos absorta en el tejer de un traje ritual extraordinariamente similar al traje espacial de un cosmonauta/astronauta (el vídeo termina con un americano, Aldrin, en la célebre fotografía en que se ve a Armstrong reflejado en el casco del primero, alternado con un primerísimo plano del oficiante tribal vestido de no se sabe qué). Por el camino el montaje ha alternado también las danzas de la tribu con imágenes de lanzamientos fracasados. Tiene miga la cosa, porque -si no me equivoco- la grabación de la tribu proviene de uno de los ufólogos más afamados de siempre, el suizo Erich von Däniken, quien rodó un documental mostrando ese rito, interpretado por él como recordatorio de visitantes extraterrestres venidos milenios atrás.
No sólo la canción es maravillosa y su letra sublime, llena de encanto y sugerencia. El vídeo también produce ese extraño estremecimiento de lo artístico que ensancha nuestra forma de ver las cosas. Por un lado, vemos la sideral -nunca mejor dicho- diferencia entre dos formas de vivir en sociedad, la tribal de los negroides y amerindios y la altamente especializada, fruto de una continuada división del trabajo y de las olas de desarrollo tecnológico-industrial, de los pueblos európidos. La tribu está apegada a la tierra y la única respuesta que puede dar a lo llegado del cielo es su divinización ritual. El európido desea conquistar las estrellas. Además, es muy popperiano ver que la tribu ofrece un manto cálido y tranquilizador para sus miembros: mientras los cosmonautas y los técnicos mantienen un gesto adusto y se enfrentan con frialdad a un destino incierto, los miembros de la tribu realizan un trabajo conjunto, se pintan y bailan agarrados, en una aburrida armonía que evita riesgos. Por eso la sensación de fracaso está lejos de lo tribal: no hay riesgos en esa forma de vivir que no va hacia ningún sitio sino hacia su extinción, como es evidente hoy en día (en su famosísimo ensayito El mono desnudo, el zoólogo Desmond Morris llamaba a las tribus "callejones culturales sin salida"); al contrario, el hombre európido se dará de narices con las limitaciones físicas pero encontrará la salida, el hueco por donde colarse hacia nuevas galaxias. Sabemos que lo hará. Que lo haremos. Otro aspecto que muestra con fuerza es la irrelevancia de la consideración de lo artificioso como peyorativo. Es tan artificial un entrelazado de hojas y tiras de corteza como el Saturno 5. La diferencia está en los grupos humanos que las abordan. De cada cual según su capacidad, decía Marx.
Pero el estrambote es lo mejor, y lo que más me estremece, porque lo que vemos de la investigación espacial como punto de partida para nosotros resulta para los amerindios un punto de llegada, como un círculo perfecto que se cierra, un proceso de continua transformación que llega al inicio convertido en un todo de posibilidades deseando manifestarse una vez más pero siendo al tiempo la primera y única vez. Hay un animal mitológico griego y egipcio, el Uróboros, la serpiente que se muerde la cola representando la naturaleza cíclica de Todo según nuestros antepasados clásicos, que no puede resultar mejor símbolo de lo dicho, de lo que este vídeo representa y hace sentir: el orgullo de ser humano. El orgullo de desafiarlo todo. El orgullo de soñar y arriesgarse fuera de los acogedores tentáculos de la tribu. Y si dibujar las arterias y los vasos me hace arder en Ginebra, eso mismo hará que no me olviden.
Puede que otro día comente alguna cosilla del campo Ganzfeld, del sudario de sudarios y de mis nuevas lecturas. Mientras, seguiré orbitando como hizo el viejo camarada hace 50 años.
