El inventor del hambre

Ha muerto Juan Antonio Cebrián, el señor que me enseñó a amar las madrugadas. Tenía pensado meterme con los años 80, aquella época horrible en que cada cancioncilla pop tenía, tras el segundo estribillo, un postizo solo de guitarra o de saxo, los años de los temibles Steve Guttenberg y José Sacristán (ya saben, el comprometido progre rojeras que rodó "Vente a ligar al Oeste" y "París bien vale una moza" en tiempos del tío Paco). También había pensado en una ucronía de Mjölnir inspirada en una lectura reciente. Pero ahora no tengo fuerzas, o ganas, o resuello.

Lecturas de estos días:

-Las Sátiras de Persio.

-The economics of innocent fraud, John Kenneth Galbraith.

-Aurora, Friedrich Nietzsche.

-Tratado de ateología, Michel Onfray.

-Trenes rigurosamente vigilados, Bohumil Hrabal. Y

-Principios básicos de aprendizaje, Roger M. Tarpy.

Nos leemos pronto, con un post de mayor aliento. Nunca te olvidaré, Cebrián.

La devolución de la calavera y la doble hélice

Hoy he recordado la lectura de La máquina del tiempo. Esta estupenda novela de H. G. Wells suele pertenecer al campo de las lecturas adolescentes …. aunque para mí fue una lectura del año pasado. En ella el autor conjuga las tesis evolucionistas, la lucha de clases y el colonialismo -temas ya muy candentes en el Zeitgeist que le tocó vivir- en el primero de sus dos grandes viajes al futuro, en el que conoció el doble mundo de los éloi y de los morlocks, ante el que se propuso explicaciones varias hasta llegar a la más aterradora de todas. En el segundo viaje, mucho más allá, no existían ya humanos, sino una desierta playa. Esa absoluta soledad resultaba quizá lo más escalofriante de la novela, más incluso que una de las rocas de la playa fuese en realidad un gigantesco cangrejo, como en cierta película de la Hammer en que Raquel Welch y Martine Beswick competían por ver cuál de las dos era la mujer prehistórica más maciza (empate técnico, en mi opinión). En lo que se equivocaba Wells era en el firmamento: él afirmaba que ya no quedaba ninguna de nuestras actuales constelaciones, aunque presumiblemente sobrevivirían hasta entonces dos, Escorpio y Orión (aunque a esta última le faltaría Betelgeuse). Quién sabe, si se hubiera quedado un poco más podría haber reaparecido el bueno de Hiroo Onoda desde el fondo de alguna gruta.

La prensa ha recibido con suma hostilidad las declaraciones de un tal James Dewey Watson en las que afirma que las políticas de ayuda a África fracasan al no admitir los occidentales que nuestros sistemas no son adecuados para gentes de menor capacidad intelectual como los negros africanos. Ese tal Watson no es nadie, según parece, un mero agitador facha y "solamente" el codescubridor de la doble hélice del ADN. Si un científico absolutamente crucial ataca a las religiones, se considera que sienta cátedra desde un punto de vista ilustrado, y que tomen buena nota los sacerdotes y gurús del mundo ancho y ajeno; si opina sobre la diversidad humana, se le restriega que se está extralimitando de su estrecha parcela de actividad y que su opinión vale tanto como la de la señora de la tienda de gominolas.

En contrapartida, le han concedido el Nobel de la Paz al falsario Al Gore, después de un ridículo Príncipe de Asturias. Que este elemento, vicepresidente del corrupto e intervencionista Bill Clinton, y que nunca ha dado muestras de conciencia en el ahorro de energía -todo lo contrario- esté "barriendo" con todos los macropremios de la culpabilidad occidental demuestra que en buena medida estamos ideológicamente inermes. Y todo a raíz del camelo del calentamiento global, la última pseudociencia, la que reúne todas las demás (las terribles radiaciones de los móviles, los efectos de los calzoncillos ajustados en el esperma, etcétera) en un magma omnicomprensivo en que ya se adoctrina a los niños. Este Al Gore parece el hechicero de la tribu wahhehe: si no le "devuelven" esa presidencia que parecía hecha para él en el 2000, al igual que la calavera de Mkwawa, no hay trato (el de Versalles, en aquel caso; en el presente, quién sabe ya). De cualquier manera, con echarle un vistazo a unos cuantos Nobel de la Paz (Brandt, Kissinger, Begin, Mandela, Arafat …. ¿sabía el lector que Hitler fue nominado a ese premio?) ya nos podemos hacer a la idea de cómo está el tema.

Por cierto, Watson es también Nobel, pero de un apartado serio: Fisiología y Medicina. Lo obtuvo en 1962 a la par que Crick y Wilkins.

 

¿Para cuándo un Nobel al mejor blog, compartido con Mjölnir? Sí, es una broma.

Tiempo …. el suficiente

Tras un post como el de ayer, que no pretendía remedar el juicio contra Dios que en su momento ofició Lunacharsky, volvemos a los corrales.

Hoy me he sorprendido haciendo un cálculo tan sencillo como influyente en mi vida. El experto en marketing Keith Ellis hizo una afortunada distinción entre tiempo "vertical" y "horizontal" en un librito de motivación para vendedores en que explicaba su método, comprimido en el acróstico LAMP (lock on, act, manage, persist). He de decir, por una parte, que detesto los libros de autoayuda; y, por la otra, que esta práctico opúsculo de Ellis no pertenece a tal subespecie, pero vayamos al grano. Si una grieta amenaza la ruina de un muro, sería absurdo dedicarle media hora cada día durante un mes para arreglarlo: más bien, se está un día entero para solucionarlo de urgencia; si uno quiere aprender a manejar el Contaplus, un poner, no se tira un día entero seguido sino, probablemente, media hora durante un mes. Es la diferencia entre tiempo vertical -intensivo- y horizontal -extensivo-.

Claro que lo referente al tiempo puede aplicarse a otros caudales fungibles: el dinero, sin ir más lejos. Hoy recordé que hace más de un año que no entro en un bar donde iba un par de veces a la semana, más o menos, a tomar café o bien una caña acompañada de un par de tapas. El dueño me caía mal, le decías "buenos días" y no respondía, como mucho te miraba con expresión catatónica, pero de todas maneras me dejaba caer por allí, pues tenían media docena de periódicos, estaba al lado de casa y las tapas eran sabrosas. Bueno, pues un día me acercó un café a mi mesa, cayéndosele el azucarillo a mitad de camino. Lo recogió del suelo -hasta ahí todo bien- y, pasmo, lo puso de nuevo junto a la taza y la cucharilla. Ni que decir tiene que no volví desde entonces. Eso fue en mayo del año pasado. Por eso, mientras hoy devoraba pinchos en el Lizarran que tengo cerca -a menos de 100 metros del malhadado bar- mi mente fue haciendo el cálculo de lo que dejé de gastar allí, lo que jurídicamente llamaríamos "lucro cesante". Ese cálculo arrojó la cifra redonda y bonita de 300 euros. 300 euros que el citado personaje, gracias a su agudeza mental de enano de jardín, dejó de ganar. En resumidas cuentas, eso sí que es una señora venganza, y solamente aplicando eso que los estadounidenses llaman "votar con los pies".

¿Recuerdan la parábola del grano de mostaza? Crúcenla con la fábula de la lechera fantasiosa y a ver qué sale. Muchas veces los grandes acontecimientos tienen orígenes ínfimos (como nos contaban de niños -ahora seguramente no será así-, el caballo mal herrado de don Rodrigo dio con éste en los suelos y, con él, la España visigoda: todo por la impericia de un herrador adicto al "efecto mariposa"). Sin ir más lejos, la historia norteamericana, desde la misma rebelión del té, nace de granos de mostaza de los que no está nunca lejos la delincuencia organizada. ¿Cómo se mantiene un país así, cómo es que no se hunde? Eso es lo grande de Estados Unidos, supongo. Al igual que la Roma imperial, el gran aparato de poder no se venía abajo a pesar de la mediocridad de muchos de sus presidentes: del desequilibrio mental de Wilson y Reagan hasta la corrupción de Kennedy y Clinton, pasando por la ausencia de ideas de Carter, el nulo sentido estratégico de Eisenhower, el carácter de títeres de los Bush o la absoluta bajeza moral de F. D. Roosevelt y Truman, éste último uno de los mayores asesinos de la Historia, un judío vendedor de camisetas aupado al Senado por la mafia de Kansas City. ¿Por qué el sistema sigue funcionando? Es un misterio pero, al menos, sabemos que hay un sistema detrás de los presidentes. A ver si recuerdan ustedes la primera alocución de cada presidente in pectore de los USA: junto a él, que ha sido elegido por los compromisarios, aparece siempre una segunda persona que nadie ha elegido y que ejercerá el cargo de eminencia gris. No es que me llame la atención la presencia de una eminencia gris, sino que a las primeras de cambio tenga el virreinato en sus manos, al modo del célebre "tapado" de cuando los buenos tiempos del PRI -buenos tiempos para ellos, no para los mexicanos-.

 

No sé qué opinará Mjölnir sobre todo esto. Le preguntaré.

En este planeta exento, huérfano de númenes

Según el motor Google, este cuerpo celeste es la primera referencia mundial si uno introduce "uranida" en la búsqueda. No sé si se debe al cultista bautizo o bien a la paradoja del Principito, pero ahí está. Han sido meses de deletreo cuidadoso -con algún patinazo- sin nada que buscar y todo por ser hallado. Me recuerda un poco a la visión de Arthur C. Clarke del final alegórico del inolvidable "2001, odisea en el espacio": si hay aproximadamente tantas estrellas como humanos han sido en el mundo, podría imaginarse que cada uno de nosotros tiene reservada una, en la que vivir cielo o infierno, quién sabe.

Precisamente el de Clarke es un mundo literario sin dioses, al menos el de su novela "Cánticos de la lejana Tierra". En ella los colonos de un planeta panspermizado no albergan creencias religiosas, sencillamente porque nunca las han necesitado ni tampoco se las han inculcado. Las creencias religiosas son herencias que, a modo de pesadísimos fardos, recibimos en virtud de los errores y las ignorancias de los hombres de generaciones anteriores. Mis ideas van por ahí, expresadas grosso modo. Y, a pesar de haber empleado literariamente la idea de Dios en algún rincón del blog, sólo puedo definirme como ateo.

Mi ateísmo, como el de muchos, no nace de un postulado teórico ni tampoco de un trauma personal. Soy naturalmente ateo, nada más. En mis recuerdos de niño no aparecen Dios ni la necesidad de Él por parte alguna. Aparecen las figuras gigantes, omnipotentes, cálidas y protectoras de mis padres; aparece el cielo intensamente azul; aparecen los ríos y aparece el mar; aparecen los animales, los tebeos, los libros, los edificios; aparece mi hermana, el "centro cálido" que decía Dámaso Alonso; aparecen los dibujos animados y finalmente, allá por mis cinco años de edad, aparecen las niñas rubias. Recuerdo los días de mi primera escolarización, en tierras astorganas. Estaba don Alfredo, el maestro. Mis compañeros: Marcos, Samanta, Elena, el imaginativo Jesús, y a mi lado la preciosa y rubísima Lucía. Un día dije en voz alta, a toda la clase, que quería casarme con Lucía. Ni pensé en un sacerdote, ni en una "unión ungida por Dios" ni en nada así. Sencillamente, en mi mente de niño latía -sin yo ser consciente- el impulso natural de la socialización, de la conquista incruenta y de la preservación de la especie uniéndome a un ejemplar agraciado, simbolizador de salud y de genotipo viable. Sin dioses. Por cierto, la idea abrumaría a Lucía, porque se echó a llorar. Ejem.

¿Cuándo apareció Dios? Un par de años después, creo. Tres, quizá. Alguien me dijo durante la pachanguita del recreo que era feo y delito de lesa presencia ante el profesor la frase "me cago en Dios". Esa prohibición autoimpuesta por el grupo de escolares empezaba a ser sorteada con las expresiones "me cago en diez", "en la tos" o "en diola" en labios de los chavales más arriscados. Y yo no sabía quién era Dios. ¿Dónde me dijeron que estaba? "Arriba, en el cielo". Miré hacia arriba, el cielo era intensamente azul como sólo se vería después en algún clásico del western. El cielo era Dios. Lo teníamos encima. Así entró Dios en mi mente.

Ese innecesario personaje ha estado habitando mi mente durante todos estos años, sin hacer mucho daño en mi caso, pero haciendo mucho -a su pesar- en otras latitudes del mundo. En suelo europeo el ateísmo crece -no digamos ya el puro y duro agnosticismo práctico de la gente que dice "algo hay" pero que ni reza ni aplica criterios morales a sus actos, que de ésos hay millones en España-; en ese sentido somos una isla escéptica en medio del inmenso magma de los teísmos que se resisten a morir -hay que sumar a Israel, nación preferentemente descreída pero que mantiene las formas del respeto a su origen yahvista-. Y no puedo sino deplorar la situación en Estados Unidos.

El primer pero que se puede oponer a la creación divina sonó en un film cuyo nombre no recuerdo, protagonizado por James Woods y rodado para la televisión por cable. El personaje interpretado por Robert Sean Leonard, y cuyo aspecto recordaba algo a Antonio Gramsci -dicho sea sin el menor entusiasmo por mi parte-, se preguntaba "¿por qué nos creó?" Sencillamente, no tengo respuesta -la que daría un cura, "por amor", ronda la subnormalidad-. Nadie puede dar respuesta adecuada. El mejor argumento ateo apareció en una TV-movie cualquiera.

¿Qué hizo después de crearnos? Hay tres opciones:

-Se retiró. Bien satisfecho, bien hastiado, eso no se sabe. De ahí nace ya otra duda: ¿En qué medida participamos de Él? Si somos su emanación, su exudado, una vibración de la Gran Supercuerda Divina, o materia divina nosotros también (uf, Idi Amín y Bokassa materia divina ….).

-Sigue creando continuamente el Universo todavía hoy: Dios como acto puro. Si es así, está atado a las reglas que impuso en un principio: ¿dónde está la omnipotencia? Si Dios sigue presente de modo perenne en la realidad, ¿cómo permite el dolor, la muerte y la paradoja de Newcomb?

-Participa gracias a sus enviados. El más célebre es Jesucristo, resultado de la combinación de un personaje histórico -Yeshua Ha-Notsri, un visionario moralista galileo perteneciente a la corriente apocalíptica- y su construcción mítica -el Cristo: varón divino que limpia culpas, asociado al Sol y muerto para después resucitar en tiempo de siembra y cosecha-. A día de hoy, tras siglos de criba, la figura de Jesucristo pierde -entre la gente culta, se entiende: para individuos como el pastorzuelo Winston Ureña la cosa cambia- todo carácter escatológico, sólo existente en los propósitos de Yeshua y en la fe de sus primeros seguidores.

Íbamos bien con Aristarco de Samos, pero la apocalíptica judía se coló de rondón y retrasó el avance del cluster európido veinte siglos. Pero la iluminación de Darwin y Wallace -a buen seguro, el evolucionismo no sólo es un antes y un después imprescindible en nuestra existencia como especie sino también la estocada mortal de necesidad a las religiones- ha vuelto a ponernos en la senda correcta.

Nb: muchos teístas argumentan que gracias a las religiones tenemos códigos morales de conducta -en mi opinión, infames todos ellos en un 90% de su contenido, siendo generoso- y que si todo el mundo se volviera ateo esto sería un pifostio. Esa tesis no se sostiene, aunque la abordaré en otro momento.

Vulneración del protocolo de campo total y demás ambientalismos

A menudo los europeos se toman a rechifla el indómito optimismo estadounidense, ejemplificado con frecuencia en Walt Whitman y Ralph Waldo Emerson, o bien en asimilados simpatizantes (de Friedrich Hayek a Ayn Rand), y calificado de ingenuismo propio de gente inculta. En Europa, evidentemente, hemos tenido secularmente medios mucho más cultos de solución de problemas: quemas de brujas -una de cada tres francesas lo era, según el Roman de la Rose-, procesiones de santos para que llueva, estudios concienzudos del hígado de cabras o de aves …. Se supone que estoy siendo sarcástico, claro.

La inteligencia humana es polifacética, tiene un álef de rostros, tantos como humanos son posibles, y eso tirando por bajo. A aquellas habilidades de nuestra mente que facilitan un mejor desempeño profesional y de relación social alguien le dio hace década y pico el nombre de inteligencia emocional. Me estoy refiriendo, como es de suponer, al psicólogo californiano Daniel Goleman -nombre de indudables resonancias ashkenazis, como el de tantos especialistas en la salud mental, la dicha y el amor, ejem-. Se me está cayendo de las manos La práctica de la inteligencia emocional, la que fue continuadora de su best-seller. Creo que casi todo lo que afirma en el libro ya se dijo en tiempos preilustrados y con mucho más talento (sin ir más lejos, en el Oráculo manual y arte de ingenio del agudísimo jesuita Baltasar Gracián, uno de los mejores libros que he leído nunca …. y ya hablaremos cuando decida aplicar algunas cosillas a mi vida). Pero lo que más detesto del libro de Goleman es el igualitarismo que late debajo de sus renglones. Goleman tiende a despreciar las pruebas de CI y la pericia técnica en favor de otras cualidades intelectuales a la hora de brillar en el puesto de trabajo así como de conseguir promocionarse (naturalmente, Goleman achaca los pobres resultados académicos de la minoría negroide estadounidense al prejuicio …. prejuicio que no parece regir a la hora de los resultados de los descendientes de japoneses, coreanos y chinos). Es la conclusión lógica de un ambientalista: aunque el CI es en buena medida flexible, se distribuye poblacionalmente en campana, y la habilidad técnica es evaluable según baremos y no a ojo de buen cubero. No obstante, podría decirse que un optimista siempre aspirará a enseñar asertividad, pensamiento creativo y espíritu de equipo a cualquiera, incluso al más melón de sus educandos.

El igualitarismo me parece una doctrina peligrosa -todos los igualitarismos en general, a excepción del que se da ante la ley, reflejado entre nosotros en el artículo 14 de nuestra Constitución, si bien referido solamente a los españoles- pues olvida las claves de la realidad. A lo mejor no hace falta un gran CI para llevar correctamente una oficina …. pero sí hizo falta para diseñar y perfeccionar tanto el software empleado en el trabajo diario como el propio ordenador utilizado. Hizo falta para que el oficinista llegue a edad adulta vacunado. Para que pueda desplazarse en automóvil. Para que pueda hablar por teléfono, sentir el aire acondicionado o escuchar el hand-shaking del fax.

Una vez leí a Gonzalo Fernández de la Mora -uno de los pensadores más grandes que tuvo España el siglo pasado, pese a quien pese- que si se suprimiera mentalmente la existencia de un millar de hombres, regresaríamos a las cavernas. ¿Exagerado? Pregúntenle a Goleman. Bueno, mejor no.