En este planeta exento, huérfano de númenes

Según el motor Google, este cuerpo celeste es la primera referencia mundial si uno introduce "uranida" en la búsqueda. No sé si se debe al cultista bautizo o bien a la paradoja del Principito, pero ahí está. Han sido meses de deletreo cuidadoso -con algún patinazo- sin nada que buscar y todo por ser hallado. Me recuerda un poco a la visión de Arthur C. Clarke del final alegórico del inolvidable "2001, odisea en el espacio": si hay aproximadamente tantas estrellas como humanos han sido en el mundo, podría imaginarse que cada uno de nosotros tiene reservada una, en la que vivir cielo o infierno, quién sabe.

Precisamente el de Clarke es un mundo literario sin dioses, al menos el de su novela "Cánticos de la lejana Tierra". En ella los colonos de un planeta panspermizado no albergan creencias religiosas, sencillamente porque nunca las han necesitado ni tampoco se las han inculcado. Las creencias religiosas son herencias que, a modo de pesadísimos fardos, recibimos en virtud de los errores y las ignorancias de los hombres de generaciones anteriores. Mis ideas van por ahí, expresadas grosso modo. Y, a pesar de haber empleado literariamente la idea de Dios en algún rincón del blog, sólo puedo definirme como ateo.

Mi ateísmo, como el de muchos, no nace de un postulado teórico ni tampoco de un trauma personal. Soy naturalmente ateo, nada más. En mis recuerdos de niño no aparecen Dios ni la necesidad de Él por parte alguna. Aparecen las figuras gigantes, omnipotentes, cálidas y protectoras de mis padres; aparece el cielo intensamente azul; aparecen los ríos y aparece el mar; aparecen los animales, los tebeos, los libros, los edificios; aparece mi hermana, el "centro cálido" que decía Dámaso Alonso; aparecen los dibujos animados y finalmente, allá por mis cinco años de edad, aparecen las niñas rubias. Recuerdo los días de mi primera escolarización, en tierras astorganas. Estaba don Alfredo, el maestro. Mis compañeros: Marcos, Samanta, Elena, el imaginativo Jesús, y a mi lado la preciosa y rubísima Lucía. Un día dije en voz alta, a toda la clase, que quería casarme con Lucía. Ni pensé en un sacerdote, ni en una "unión ungida por Dios" ni en nada así. Sencillamente, en mi mente de niño latía -sin yo ser consciente- el impulso natural de la socialización, de la conquista incruenta y de la preservación de la especie uniéndome a un ejemplar agraciado, simbolizador de salud y de genotipo viable. Sin dioses. Por cierto, la idea abrumaría a Lucía, porque se echó a llorar. Ejem.

¿Cuándo apareció Dios? Un par de años después, creo. Tres, quizá. Alguien me dijo durante la pachanguita del recreo que era feo y delito de lesa presencia ante el profesor la frase "me cago en Dios". Esa prohibición autoimpuesta por el grupo de escolares empezaba a ser sorteada con las expresiones "me cago en diez", "en la tos" o "en diola" en labios de los chavales más arriscados. Y yo no sabía quién era Dios. ¿Dónde me dijeron que estaba? "Arriba, en el cielo". Miré hacia arriba, el cielo era intensamente azul como sólo se vería después en algún clásico del western. El cielo era Dios. Lo teníamos encima. Así entró Dios en mi mente.

Ese innecesario personaje ha estado habitando mi mente durante todos estos años, sin hacer mucho daño en mi caso, pero haciendo mucho -a su pesar- en otras latitudes del mundo. En suelo europeo el ateísmo crece -no digamos ya el puro y duro agnosticismo práctico de la gente que dice "algo hay" pero que ni reza ni aplica criterios morales a sus actos, que de ésos hay millones en España-; en ese sentido somos una isla escéptica en medio del inmenso magma de los teísmos que se resisten a morir -hay que sumar a Israel, nación preferentemente descreída pero que mantiene las formas del respeto a su origen yahvista-. Y no puedo sino deplorar la situación en Estados Unidos.

El primer pero que se puede oponer a la creación divina sonó en un film cuyo nombre no recuerdo, protagonizado por James Woods y rodado para la televisión por cable. El personaje interpretado por Robert Sean Leonard, y cuyo aspecto recordaba algo a Antonio Gramsci -dicho sea sin el menor entusiasmo por mi parte-, se preguntaba "¿por qué nos creó?" Sencillamente, no tengo respuesta -la que daría un cura, "por amor", ronda la subnormalidad-. Nadie puede dar respuesta adecuada. El mejor argumento ateo apareció en una TV-movie cualquiera.

¿Qué hizo después de crearnos? Hay tres opciones:

-Se retiró. Bien satisfecho, bien hastiado, eso no se sabe. De ahí nace ya otra duda: ¿En qué medida participamos de Él? Si somos su emanación, su exudado, una vibración de la Gran Supercuerda Divina, o materia divina nosotros también (uf, Idi Amín y Bokassa materia divina ….).

-Sigue creando continuamente el Universo todavía hoy: Dios como acto puro. Si es así, está atado a las reglas que impuso en un principio: ¿dónde está la omnipotencia? Si Dios sigue presente de modo perenne en la realidad, ¿cómo permite el dolor, la muerte y la paradoja de Newcomb?

-Participa gracias a sus enviados. El más célebre es Jesucristo, resultado de la combinación de un personaje histórico -Yeshua Ha-Notsri, un visionario moralista galileo perteneciente a la corriente apocalíptica- y su construcción mítica -el Cristo: varón divino que limpia culpas, asociado al Sol y muerto para después resucitar en tiempo de siembra y cosecha-. A día de hoy, tras siglos de criba, la figura de Jesucristo pierde -entre la gente culta, se entiende: para individuos como el pastorzuelo Winston Ureña la cosa cambia- todo carácter escatológico, sólo existente en los propósitos de Yeshua y en la fe de sus primeros seguidores.

Íbamos bien con Aristarco de Samos, pero la apocalíptica judía se coló de rondón y retrasó el avance del cluster európido veinte siglos. Pero la iluminación de Darwin y Wallace -a buen seguro, el evolucionismo no sólo es un antes y un después imprescindible en nuestra existencia como especie sino también la estocada mortal de necesidad a las religiones- ha vuelto a ponernos en la senda correcta.

Nb: muchos teístas argumentan que gracias a las religiones tenemos códigos morales de conducta -en mi opinión, infames todos ellos en un 90% de su contenido, siendo generoso- y que si todo el mundo se volviera ateo esto sería un pifostio. Esa tesis no se sostiene, aunque la abordaré en otro momento.

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