La devolución de la calavera y la doble hélice

Hoy he recordado la lectura de La máquina del tiempo. Esta estupenda novela de H. G. Wells suele pertenecer al campo de las lecturas adolescentes …. aunque para mí fue una lectura del año pasado. En ella el autor conjuga las tesis evolucionistas, la lucha de clases y el colonialismo -temas ya muy candentes en el Zeitgeist que le tocó vivir- en el primero de sus dos grandes viajes al futuro, en el que conoció el doble mundo de los éloi y de los morlocks, ante el que se propuso explicaciones varias hasta llegar a la más aterradora de todas. En el segundo viaje, mucho más allá, no existían ya humanos, sino una desierta playa. Esa absoluta soledad resultaba quizá lo más escalofriante de la novela, más incluso que una de las rocas de la playa fuese en realidad un gigantesco cangrejo, como en cierta película de la Hammer en que Raquel Welch y Martine Beswick competían por ver cuál de las dos era la mujer prehistórica más maciza (empate técnico, en mi opinión). En lo que se equivocaba Wells era en el firmamento: él afirmaba que ya no quedaba ninguna de nuestras actuales constelaciones, aunque presumiblemente sobrevivirían hasta entonces dos, Escorpio y Orión (aunque a esta última le faltaría Betelgeuse). Quién sabe, si se hubiera quedado un poco más podría haber reaparecido el bueno de Hiroo Onoda desde el fondo de alguna gruta.

La prensa ha recibido con suma hostilidad las declaraciones de un tal James Dewey Watson en las que afirma que las políticas de ayuda a África fracasan al no admitir los occidentales que nuestros sistemas no son adecuados para gentes de menor capacidad intelectual como los negros africanos. Ese tal Watson no es nadie, según parece, un mero agitador facha y "solamente" el codescubridor de la doble hélice del ADN. Si un científico absolutamente crucial ataca a las religiones, se considera que sienta cátedra desde un punto de vista ilustrado, y que tomen buena nota los sacerdotes y gurús del mundo ancho y ajeno; si opina sobre la diversidad humana, se le restriega que se está extralimitando de su estrecha parcela de actividad y que su opinión vale tanto como la de la señora de la tienda de gominolas.

En contrapartida, le han concedido el Nobel de la Paz al falsario Al Gore, después de un ridículo Príncipe de Asturias. Que este elemento, vicepresidente del corrupto e intervencionista Bill Clinton, y que nunca ha dado muestras de conciencia en el ahorro de energía -todo lo contrario- esté "barriendo" con todos los macropremios de la culpabilidad occidental demuestra que en buena medida estamos ideológicamente inermes. Y todo a raíz del camelo del calentamiento global, la última pseudociencia, la que reúne todas las demás (las terribles radiaciones de los móviles, los efectos de los calzoncillos ajustados en el esperma, etcétera) en un magma omnicomprensivo en que ya se adoctrina a los niños. Este Al Gore parece el hechicero de la tribu wahhehe: si no le "devuelven" esa presidencia que parecía hecha para él en el 2000, al igual que la calavera de Mkwawa, no hay trato (el de Versalles, en aquel caso; en el presente, quién sabe ya). De cualquier manera, con echarle un vistazo a unos cuantos Nobel de la Paz (Brandt, Kissinger, Begin, Mandela, Arafat …. ¿sabía el lector que Hitler fue nominado a ese premio?) ya nos podemos hacer a la idea de cómo está el tema.

Por cierto, Watson es también Nobel, pero de un apartado serio: Fisiología y Medicina. Lo obtuvo en 1962 a la par que Crick y Wilkins.

 

¿Para cuándo un Nobel al mejor blog, compartido con Mjölnir? Sí, es una broma.