Tenso como la cuerda del arco

¿Qué es la vida sin pasión? Puro cálculo, cálculo que nos lleva siempre al cero, a la muerte, a la ausencia de operaciones, al fin de toda suma. Yo te doy pero esperando algo de más valor de lo que yo he dado o prometido previamente. ¿Dónde está la generosidad? La generosidad, dar en vez de recibir, alinearse en el bando de la solución y no del problema, arrojar luz, ¡más luz!, sobre todas las cosas, los hombres y los paisajes, los hombres y las máquinas, los hombres y sus representaciones, los hombres y los símbolos.

Lo que diferencia al símbolo de los demás medios de representación estriba en que no hay una correspondencia evidente, sino aprendida. El símbolo, ya lo sabían los junguianos, siempre ofrece una significación, una información a mayores de la idea simbolizada. Un pueblo pobre en su psicología simbólica despreciará los árboles, seguramente, pues verá en ellos meros obstáculos para la edificación de un nuevo mamotreto. Un pueblo simbólicamente pobre seguirá fiándose de la construcción como motor de la economía, pues rellena huecos que causan pavor, mucho más pavor que el de los inmuebles vacíos.

Pero el árbol enraiza al hombre a su suelo madre. A la superficie terrestre que habitamos. El árbol representa la permanencia. La resistencia al frío y al viento. Emerge fálico hacia el cielo pero también penetra virilmente en busca del centro hirviente de la Tierra. Ese árbol teñido de magia en la aparición del oráculo en aquel inolvidable "Edipo, hijo de la fortuna" de Pasolini no es únicamente un árbol: sus flechas disparejas muestran el punto en que Cielo y Madre comulgan. El ombligo del mundo. No en vano se llamaba así a Delfos, sede del oráculo apolíneo.

Apolo es luz, es el dios solar por antonomasia. Y todos los dioses solares mueren para regresar. Nos bendicen con su presencia, con su carne, con su virilidad, fecundan los campos, fecundan nuestro espíritu. Osiris y Horus nunca se van, aunque las estrellas originarias hayan estrenado paralajes desde entonces. Dionisos, el Cristo, Mitra: la ceremonia anual de perpetuación de la VIDA. Rindo culto a la VIDA. Nunca más miedo, pues el miedo es enemigo de la VIDA. Ésa es la gran enseñanza de todos los varones solares, omnipresentes en los cultos de la raza europea, solar y fáustica. Ha llegado ya la hora de desterrar el miedo. Morimos y resucitamos. Nacemos de nuevo, cada día, al despertar. El hierro de nuestra sangre fue formado en el seno de una nova. Enterramos a los nuestros y veneramos sus despojos. Sobre sus sagrados restos depositamos flores: la promesa de la NUEVA VIDA, de la VIDA FUTURA. El árbol come y bebe de los restos de nuestros antepasados para ofrecernos el sexo de sus flores y la sazón de sus frutos. Sol, verdor, horizontes. Luz, VIDA. Un día seré un árbol lanzado fototrópicamente al Cielo mientras la cofia de mi raíz fecunda a la Diosa que será madre de mis hijos. Un día seré padre, en el seno de una mujer a la que seguramente no conozco todavía, con la que aún no he tomado siquiera el primer café, ante la que me falta por sentir el primer sonrojo, el primer sudor frío.

¿Nacer para morir?, objetarán las onzas sucias que albergo entre las meninges. No se nace para morir, malditas seáis. Se nace para vivir. Para ser. Para ofrecer una apertura a todo. Todos morimos. Pero mi muerte será solamente mía. No pertenecerá a nadie más. ¿Y sabéis una cosa? Yo no le pertenezco a ella. Yo soy mío.

 

Queda reinaugurado el hilo de este blog en medio de una sociedad repugnante que disculpa ese sistema cavernícola de control natalicio llamado aborto. ¡Dios Apolo, marchando una de fórceps para todos los abortistas!